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VIETNAM
Sacado del n. 06 - 2005

Treinta años después de la guerra de Vietnam

Los senderos perdidos de la paz


El diario inédito de Giovanni d’Orlandi, embajador italiano en Saigón de 1962 a 1968. La historia nunca escrita de la “operación Marigold”, unas conversaciones secretas que podían haber parado la guerra mucho antes del 75. Pero había quienes preferían el olor del napalm…


por Roberto Rotondo


Arriba, bombarderos B52 en acción en Vietnam; abajo, los escombros de la ciudad imperial de Hué, tras los duros bombardeos por parte de las fuerzas norteamericanas en el 68

Arriba, bombarderos B52 en acción en Vietnam; abajo, los escombros de la ciudad imperial de Hué, tras los duros bombardeos por parte de las fuerzas norteamericanas en el 68

«Precedido por nuestra comunicación cifrada, ha venido a verme esta noche Lewandowsky, que ha recibido la circunstanciada relación del agregado militar polaco en Vietnam del Norte sobre el bombardeo efectuado por los americanos el 2 de diciembre sobre Hanoi. Los términos de la relación son aterradores: “bombardeo indiscriminado y salvaje de los suburbios meridionales de Hanoi”, “cañoneo y ametrallamiento del centro de la ciudad”, “el número de víctimas en Hanoi en aquel bombardeo superaría , entre muertos y heridos, la cifra de 600”». El 8 de diciembre de 1966, Giovanni d’Orlandi, embajador italiano en Saigón, escribe estas notas en su diario. D’Orlandi está muy afectado, pero anota minuciosamente el encuentro en sus mínimos detalles. La situación es delicadísima: él, el embajador estadounidense Henry Cabot Lodge y el embajador polaco Janusz Lewandowsky han abierto un «canal tripartito», como lo define d’Orlandi, y desde junio celebran, con muchas dificultades, unas conversaciones secretas, denominadas por los americanos “operación Marigold”, para parar la guerra en Vietnam. El proyecto de los tres se basa en un documento de diez puntos que ha de ser aceptado tanto por los vietnamitas del norte como por los del sur, además de por los americanos. Dos días antes, el 6 de diciembre, d’Orlandi estaba radiante porque el acuerdo parecía estar a punto de conseguirse. Pero la situación, en sólo veinticuatro horas, cambió completamente, por voluntad de quienes prefieren el olor de las bombas de napalm al papel de los tratados de paz. Sigue diciendo d’Orlandi: «Este desgraciado bombardeo, inmediatamente posterior a la fase de nuestro intento tripartito, ha tenido lugar tras un período de notable disminución de los bombardeos […]. Lewandowsky usa palabras de fuego para definir el bombardeo de hace cuatro días, tras el cual Hanoi le ha telegrafiado el texto de una protesta para difundir al mundo civil. Con gran dificultad Lewandowsky ha conseguido disuadir a Hanoi para que no publicara esta protesta hace dos días (precisamente el 6). Sigue trazándome un cuadro desolador de las destrucciones civiles, y no militares, debidas a los bombardeos. Me dice que de este modo las negociaciones de Varsovia están a punto de naufragar, aún antes de empezar, y me ruega que le haga presente al secretario de Estado, Rusk (con quien cenaré mañana), la aberración que supone tal provocación. Todos saben, me dice, que si se negocia se espera una disminución de los bombardeos o por lo menos que no crezcan en intensidad; ¡en nuestro caso, tras cada significativo entendimiento ha habido una grave intensificación de los bombardeos!».
Este fragmento de 1966, sacado de una de las más de mil páginas mecanografiadas que componen el diario vietnamita que d’Orlandi escribió desde julio de 1962 hasta diciembre de 1968, nos hace preguntarnos inmediatamente: mientras la crisis vietnamita seguía por los derroteros de la intensificación del enfrentamiento militar, ¿existió la posibilidad concreta de desviarla por los estrechos senderos de las conversaciones de paz? El diario de d’Orlandi nos atestigua que la posibilidad existió, pero la historia nos dice que este sendero de paz, abierto por el tripartito de Saigón, terminó pronto, y la guerra combatida, aunque nunca declarada, de Vietnam se detendrá sólo el 30 de abril de 1975, cuando los últimos helicópteros de EE UU despegaron del tejado de la embajada americana en Saigón, dejando definitivamente la capital del Sur al vietcong victorioso. Entonces se redactará el balance de aquella tragedia: veinte años de guerra, siete millones de toneladas de bombas (más de las que estallaron durante la Segunda Guerra Mundial) sobre un territorio poco más extenso que Italia, sesenta mil americanos y seiscientos mil soldados vietnamitas muertos, tres millones de muertos entre los civiles, devastaciones inmensas cuyas cicatrices siguen estando presentes todavía en Vietnam, treinta años después de terminar la guerra.
La historia completa de la operación Marigold, que fue seguida en 1968 por la operación Killy, nunca fue escrita. Las pocas cosas que salieron en los periódicos de la época fueron muchas veces liquidadas injustamente como intentos veleidosos. Pero las dos operaciones no son el único motivo de interés del diario totalmente inédito que 30Días, en colaboración con la familia d’Orlandi, se dispone a publicar íntegramente. El diario, en efecto, ameno y legible como una novela histórica, nos permite reconstruir desde un punto de observación privilegiado todo el período de la escalada militar norteamericana en Vietnam. No hay más que pensar que a finales de 1962 los soldados americanos presentes en Vietnam (con el status de asesores militares) son 11.000, y en 1968 llegan a la cifra récord de 580.000. Estos son los años en los que «aquel pequeño y apocado país», como lo definió el presidente norteamericano Johnson, que había heredado el problema de Kennedy y lo dejaría como herencia a Nixon, de crisis regional del Sureste asiático, sobre el que Estados Unidos y URSS ejercían su presión, se convirtió para los EE UU en una pesadilla, un shock nacional que cambiará el concepto del american way of life y alimentará las manifestaciones de protesta del 68 en todo el mundo.

Diem el “cesaropapista”
Cuando el 17 de julio de 1962, bajo una intensa lluvia tropical, Giovanni d’Orlandi, embajador italiano ante Vietnam, Camboya y Laos, aterriza por primera vez en Saigón, aun sabiendo que lo espera un trabajo difícil (es uno de los diplomáticos más expertos del ministerio de Exteriores italiano), no puede imaginar lo que realmente le espera en los años siguientes. El Vietnam que encuentra es un país dividido en dos a la altura del paralelo diecisiete por los acuerdos de Ginebra de 1954. Acuerdos nunca respetados, ni en el norte por el régimen comunista de Hô Chi Minh, apoyado alternativamente por China y por la URSS, ni en el sur por el gobierno del nacionalista católico Ngô Dinh Diem, apoyado desde 1954 por los EE UU, porque, según la famosa “teoría del dominó”, si el país asiático caía en las manos de los comunistas, toda Indochina y el Sureste asiático correrían la misma suerte.
Este escenario, aun siendo grave, no ocupa en 1962 el primer lugar en la agenda del presidente John F. Kennedy. JFK, presidente en 1961 después de Eisenhower, tiene otros problemas más arduos: en octubre tiene que obligar a los soviéticos, mediante un bloqueo naval, a retirar los misiles estratégicos de Cuba. Vietnam, pues, es sólo uno de los muchos escenarios de aquella fase histórica que ha sido definida de “coexistencia competitiva” entre los dos bloques. Una fase en la que EE UU y URSS tratan de limitar la influencia del rival en todas las partes del mundo.
D’Orlandi describe ya desde las primeras páginas de su diario vietnamita una situación política, económica y militar difícil. El presidente Diem, ferviente católico y nacionalista anticomunista, ha dejado de recibir el apoyo incondicional de Washington, e incluso en Vietnam del Sur su popularidad está cayendo en picado. El régimen que encabeza es “familiar”: su hermano Nhu, su asesor político, es el verdadero cerebro gris del gobierno; su cuñada, siendo Diem soltero, se ha convertido en una especie de first lady; su otro hermano, Thuc, es el arzobispo católico de Hué, la ciudad imperial de fundamental importancia para los equilibrios sociales y religiosos de Vietnam. Los tres se distinguen por su extremismo. Los católicos, que representan sólo el diez por ciento de la población y controlan el poder en todos los ámbitos, ya están mal vistos por la mayoría budista, pero el terceto arrastra continuamente al mundo católico a manifestaciones y tomas de posición intransigentes, anticomunistas y beligerantes que nada tienen que ver con la fe. D’Orlandi, desde el primer momento, está preocupado por la situación religiosa en Vietnam: las represiones policiales de las manifestaciones budistas, el cinismo de la señora Nhu, que declaraba que quería darles la gasolina y las cerillas a los bonzos que se daban fuego en protesta contra el régimen, las posiciones del arzobispo de Hué no sólo exasperaban la situación política, sino que creaban infinitos problemas a los muchos católicos que no se reconocían en las ideas de la familia Diem y tenían que vérselas, como el resto de la población, con otros problemas muy distintos. Uno de estos era el proyecto de los poblados estratégicos que se estaba realizando: la población de los campos, entre infinitas dificultades, era obligada a vivir en poblados rodeados de alambre y fortificados, para impedir la continua infiltración de soldados del vietcong y soldados nordvietnamitas entre los campesinos. Lo mismo se había hecho en los barrios de las grandes ciudades. Pero los resultados eran desalentadores, cuando no contraproducentes. D’Orlandi dedica páginas muy interesantes a los poblados fortificados, asombrándole que no surgieran solo de motivos estratégicos, sino incluso ideológicos: según la familia Diem, en efecto, así como el enemigo vietminh declaraba que sus tácticas de guerrilla derivaban de la doctrina de Mao Tse-tung, los poblados estratégicos, creados para defender al campesino de los comunistas, pero transformados en prisiones, se inspiraban en la filosofía personalista francesa. Era una especie de purificación para la población. Para d’Orlandi, católico también, esta es una locura, pero no es la única que ve en los católicos del país, divididos entre fundamentalistas y moderados. En estos años, d’Orlandi tratará siempre de ayudar a estos últimos, protestando varias veces contra los discursos belicistas sobre Vietnam del cardenal de Nueva York, Spellman, tratando de valerse de los llamamientos de Pablo VI contra la guerra, ayudando como puede a los misioneros e institutos religiosos católicos.
En 1963 d’Orlandi entabla amistad con el embajador de EE UU Henry Cabot Lodge, que le pondrá al corriente del golpe de Estado contra Diem organizado por los generales sudvietnamitas con el apoyo de EE UU. Desgraciadamente el 3 de noviembre Diem muere a manos de los golpistas: «La mayor tragedia de la guerra de Vietnam», comentará el jefe de la CIA, William Colby, intuyendo que estaban quedando atrapados en una ciénaga peligrosa.
Pero los americanos se ven obligados pronto a ocuparse de otros asuntos. Veinte días después es asesinado el presidente Kennedy en Dallas, y le sucede, como hemos dicho, el vicepresidente Lyndon Johnson. Extrañamente d’Orlandi no habla en aquellos días de las repercusiones en la situación del Sureste asiático.
el suicidio de un monje budista en Saigón para protestar contra la política del gobierno de Diem en 1963

el suicidio de un monje budista en Saigón para protestar contra la política del gobierno de Diem en 1963


La escalada militar
El de Diem fue sólo el primero de una serie de golpes de Estado y maniobras que llevarán al gobierno a personajes como Minh, el general Khanh y el general Cao Ky, que tendrán en Vietnam del Sur un efecto tan devastador como la guerrilla vietcong. D’Orlandi no es en estos años solamente un testigo inteligente, y por lo mismo escéptico, sobre la posibilidad de victoria por parte de Vietnam del Sur, sino que en algunos casos se le dirigen incluso representantes vietnamitas moderados para que EE UU no apoyen la subida al poder de los elementos más violentos y extremistas del ejército. D’Orlandi, en efecto, puede contar en estos años con la confianza del embajador Cabot Lodge (que, sin embargo, fue sustituido en el 64, y luego vuelto a nombrar un año después), si bien ha de tener en consideración la obra de dos halcones como el secretario de Defensa, Robert McNamara (que en realidad desde 1966 comenzó a nutrir dudas sobre la manera de conducir la guerra), y el secretario de Estado, Dean Rusk. Los dos fueron los principales artífices de la escalada militar estadounidense en Vietnam.
Este proceso es seguido y analizado en el diario con todo lujo de detalles: el ataque nordvietnamita a dos barcos estadounidenses en el Golfo de Tonkín (incidente de 1964 sobre el que d’Orlandi se muestra perplejo y que, como muchos, teme que fuera provocado para convencer al Congreso de Estados Unidos a dar carta blanca al presidente Johnson sobre Vietnam); el desembarco en 1965 de los marines, que dio comienzo a las operaciones terrestres a gran escala del ejército estadounidense para retomar el control de un territorio, el sudvietnamita, que cada vez se le iba más de las manos al gobierno de Saigón, estando infiltrado por las tropas de Hô Chi Minh y el vietcong, que controlaba amplias zonas del delta del río Mekong; la operación Rolling Thunder de 1965, el primero de los muchos bombardeos intensivos sobre Vietnam del Norte, con los que los Estados Unidos pensaban obligar a los nordvietnamitas a la rendición, pero que no produjo los efectos esperados. Escribe d’Orlandi en su diario: «No comprendo por qué los americanos se empeñan tan testarudamente en continuar con los bombardeos, dado que las infiltraciones de los nordvietnamitas se han cuadruplicado en vez de disminuir. De fuentes fidedignas he sabido que solo en el último mes no han sido menos de 22.000 hombres». Pero no era lo único que d’Orlandi no consigue explicarse, porque, examinando el componente económico, que para él no era menos importante que el militar, el 29 de mayo de 1966 escribe: «Si la ayuda americana hasta el momento se hubiera distribuido per cápita, cada familia vietnamita tendría hoy una casa, un frigorífico, un televisor y un huerto. Me gustaría saber en qué sector civil se ha creado una sólida infraestructura o qué problema económico se ha resuelto. En este país, con la especulación y el chanchullo, se funciona sin ningún plan predeterminado. Cuando el aluvión provocó el éxodo de miles de personas, de las cuales 200.000 eran católicas, no se dio más que un puñado de arroz y alguna manta. El hombre de la calle no ve ninguna ayuda concreta de Estados Unidos y está convencido de que gran parte de los dólares ha vuelto a América, a Suiza o a Hong Kong. ¿Cómo es posible en el actual caos político-económico-militar oponerse a las argumentaciones de los vietnamitas (cada vez más numerosos) que dicen que en medio de tanta corrupción vietnamita y extranjera los únicos que siguen siendo honrados son los guerrilleros del vietcong? Mucho se podía hacer, y quizá se podría tratar de hacer algo todavía para evitar este estado de cosas, pero muy poco se ha hecho. Por lo que me atañe, siempre he creído que debía expresar con mucha franqueza a los amigos americanos lo que veía y lo que me preocupaba. Si un día, en el Senado y el Congreso, se abre una investigación sobre los errores y las culpas que han llevado a la presente situación vietnamita, no me gustaría estar en la piel de los varios jefes de la ayuda económica americana en Washington o en Vietnam».
Un mes después de este amargo análisis, el 27 de junio de 1966, d’Orlandi recibe la visita del delegado polaco ante la Comisión de armisticio de Ginebra, Janusz Lewandowsky. Este representa a un país del otro lado de la cortina de hierro con relaciones estables con Hanoi, y trae un mensaje que le deja de piedra a d’Orlandi: Hanoi acepta llegar a un compromiso para solucionar el conflicto de Vietnam, no exige ni la reunificación inmediata del país ni quiere imponer un sistema socialista en Vietnam del Sur. Pero no acepta soluciones que puedan ser interpretadas como capitulación y exige, además del secreto total sobre la operación, también el final de los bombardeos. En los días siguientes se redactan, junto con el embajador de EE UU, Cabot Lodge, diez puntos llamados “peldaños” porque tenían que ser aceptados uno tras otro hasta llegar al acuerdo final. El ritmo del diario se hace frenético, se ve en estas páginas la pasión con que d’Orlandi (apoyado en Italia por el ministro de Exteriores Amintore Fanfani y por la parte de la DC que temía que las protestas contra los EE UU en Vietnam terminaran favoreciendo al PCI) vive el momento más importante y apasionante de su carrera. El presidente de EE UU, Johnson, está informado desde el primer momento de las negociaciones y parece que todo apunta a que se puede seguir adelante. Pero los halcones de la administración de EE UU, entre los cuales se encontraban Rusk y McNamara, entierran el intento de acuerdo bajo una lluvia de bombas. Tras el enésimo ataque contra Hanoi del 13 de diciembre los nordvietnamitas dan por terminadas las conversaciones. Sigue un período oscuro, los polacos incluso son acusados por los americanos de faroleros y a d’Orlandi se le tacha de ingenuo.
Pero también el presidente Johnson a mediados de 1967 comienza a hablar del cese de los bombardeos a cambio de “discusiones productivas”, si bien los mandos americanos están convencidos de que están a un paso de la victoria final. Pero la ofensiva del Tet en enero del 68, con el ataque simultáneo contra las mayores ciudades sudvietnamitas, es una ducha de agua fría. Los soldados del vietcong están por todas partes y, como cuenta d’Orlandi en su diario, la reacción de EE UU es rabiosa. Para reconquistar Hué a finales de febrero, se provocan miles de muertes entre la población y los monumentos de la antigua ciudad imperial quedan reducidos a escombros. Cabot Lodge ya ha sido sustituido, y d’Orlandi, también por motivos de salud, se dispone a dejar su puesto. Fanfani, en cambio, le encarga en febrero de 1968 que vuelva a intentarlo, por lo que se reunirá con los nordvietnamitas primero en Roma y luego en Checoslovaquia. Los diez peldaños siguen siendo la plataforma más elaborada de acuerdo, y Fanfani está totalmente decidido a proponerse como mediador. Los EE UU se oponen de nuevo y la operación Killy se detiene. Pero la época de Johnson está terminando. El presidente no se presentará a las elecciones debido a la situación de Vietnam. Se abre la época de Richard Nixon y de su consejero para la seguridad nacional, Henry Kissinger. De París arrancan nuevos tratados de paz, pero aún quedan otros siete años de guerra.
Paradójicamente, precisamente en 1968, cuando el enfrentamiento en Vietnam alcanza uno de los momentos más dramáticos –con Brezniev declarando su total apoyo militar al Vietnam del Norte y Rusk declarando que no se excluye recurrir a la bomba atómica– EE UU, URSS e Inglaterra firman el acuerdo de no proliferación nuclear, un hito en los equilibrios mundiales de la segunda mitad del siglo XX. Prueba de que la URSS, a despecho de la teoría del dominó, ayudaba a Vietnam no para hacerse con el Sureste asiático, sino para desgastar a su rival y “ablandarlo” en otros frentes.



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