Los misioneros y el tsunami. Algunas obras de caridad en Sri Lanka y Tailandia
Antes y después de la ola
Los misioneros salesianos y jesuitas están presentes desde hace muchos años en las regiones afectadas por el maremoto del pasado diciembre. En estos meses se han distinguido por su ayuda para que la población pueda volver a la normalidad. Sobre todo con proyectos concretos para reconstruir las casas y ofrecer un trabajo a los supervivientes
por Davide Malacaria y Paolo Mattei

Una imagen de las devastaciones causadas por el tsunami en Sri Lanka el pasado diciembre
Los misioneros, entre burocracia y escombros
«Al comienzo había muchas ONG ayudando. Ahora ya quedan pocas. Entonces algunos restaban importancia a nuestra ayuda comparándola con la de otros, acusando a los salesianos de dar poco. En realidad nosotros decidimos ya desde un primer momento no gastar lo recogido en las donaciones sino invertirlo en proyectos y programas eficaces. Ahora se está viendo el fruto de aquella decisión».
Don Francis Alencherry, consejero general para las misiones salesianas en el mundo nos describe el trabajo de los hijos de don Bosco. Para Alencherry el maremoto no es un acontecimiento lejano: él es indio y la ola destrozó una vasta región de su patria, Tamil Nadu, provocando miles de muertos. «Hemos reconstruido casas y aldeas, hemos distribuido barcos de pesca y redes para que la gente pudiera reemprender la vida laboral normal, pero lo que ahora más nos preocupa, en especial, es la educación de los muchachos y su formación, especialmente la de los niños que perdieron a sus padres en la tragedia. Son actividades de apoyo que duran diez, doce años, de modo que es un trabajo mucho más largo y comprometido. Un trabajo en el que participan todos los misioneros presentes en las naciones afectadas, no sólo los que actúan en las áreas directamente afectadas. Para alojar a todos estos niños hemos tenido que crear estructuras adecuadas y ampliar otras ya existentes».
Son setenta los proyectos comenzados por los salesianos en las zonas afectadas por el tsunami, en otras tantas localidades. Antonio Raimondi es el presidente del VIS, Voluntariado Internacional para el Desarrollo, y coordina, desde las catacumbas de San Calixto en Roma, las intervenciones de las siete ONG de inspiración salesiana que trabajan para aliviar a las víctimas de la catástrofe. Habla de redes, de barcos y de casas construidas, desgrana datos: explica que en los distintos proyectos se han invertido hasta el momento 5 millones seiscientos mil euros y que, a finales de año, cuentan con llegar a los 9 millones, una cifra colosal, en su mayoría procedente de las donaciones de la gente de buena voluntad. «Nosotros no hemos construido viviendas provisionales, sino que hemos preferido edificar desde un primer momento verdaderas casas. Una decisión que nos ha diferenciado. En Negombo estamos ultimando los trabajos para la construcción de trece bloques de cuatro pisos, por un total de 204 viviendas. Es como decir que vamos a volver a edificar todo el pueblo. Para hacer que trabajaran los muchachos del lugar los hemos ocupado en la reconstrucción. Poseían ya algunas máquinas para construir ladrillos con la arena: hemos comprado otras y también hemos comprado de ellos los ladrillos para los bloques de casas. Además, de entre los distintos proyectos quiero señalar los que tienen como objetivo a los huérfanos del tsunami: los centros de acogida diurnos y nocturnos que estamos construyendo por todas partes, entre los que hay diez casas-familia que estamos realizando en Bangsak, en Tailandia, cada una de las cuales alojará a una decena de niños que serán seguidos por educadores». Cuenta que las casas tendrán forma de cometa: esa zona es famosa porque los niños juegan allí con ellas; es un juego muy difundido por allí. En su voz no hay indulgencia con el pietismo. Habla deprisa. Seco. Habla de tantos proyectos y de una vida que, gracias también a estros proyectos, puede volver a florecer. Está satisfecho cuando le decimos que muchos políticos y funcionarios, por ejemplo la radical Emma Bonino y el jefe de la contaduría del Estado, Andrea Monorchio, han elogiado el trabajo que están desarrollando los salesianos. Pero le producen aún más satisfacción los resultados de la investigación de la SIM, Sociedad Italiana de Seguimiento, que, por encargo de la Protección Civil Italiana, ha realizado un control a fondo de su obra y ha redactado un informe muy positivo.
Y sin embargo no es nada fácil trabajar en esas naciones tan lejanas. Nuestros interlocutores concuerdan en que están obligados a tener que vérselas con una burocracia abrumadora. Además, en los Estados afectados por el maremoto se ha promulgado una ley que prohíbe edificar a menos de cien metros del mar. Comenta don Alencherry: «Es una norma impuesta por razones de seguridad. Pero, por desgracia, impide en lo concreto la reforma de las casas dañadas, mientras que los terrenos que están a la distancia de seguridad son por lo general de particulares y los distintos gobiernos no hacen nada para expropiarlos. Así que no sabemos dónde construir. Allí donde hemos sido capaces de hacer algo es porque las autoridades locales nos han dado permiso, pero también allí hemos tenido que afrontar problemas burocráticos de todo tipo. En Tailandia, por ejemplo, el gobierno no nos dejaba al principio hacer nada: el rey había declarado que iba a encargarse de todos los niños que habían quedado huérfanos y que el Estado cargaría con el peso de todo. Pero con el tiempo nuestra ayuda fue aceptada, gracias también a los buenos oficios de un hermano de hábito nuestro, Joseph Prathan Sridarunsil, obispo de Surat Thani desde 2004».
Silvia Parodi, que coordina la intervención de los jesuitas italianos para el desarrollo en Sri Lanka, habla de operadores voluntarios obligados a interminables filas para renovar el visado por turismo: un contratiempo, declara, que podría resolverse con un acuerdo entre el Estado italiano y los Estados interesados. El primer jesuita que llegó a la isla fue Francisco Javier, que desembarcó en 1544, pero la presencia estable de la Compañía se remonta a 1893. Después del maremoto los jesuitas han puesto en marcha diversos proyectos, que van desde la reconstrucción y rehabilitación de casas unifamiliares y colectivas hasta proyectos para la reanudación de las actividades pesqueras y de otros sectores económicos menores; desde el apoyo económico mediante la concesión de un sistema de microcrédito a las actividades del sector escolar, incluidas becas y otras actividades para la infancia. Habla de la actividad de construcción de casas en la que colaboran familias enteras. «Desde el más pequeño hasta el abuelo», precisa, «en nuestras obras todos dan una mano transportando material o limpiando el terreno. Nuestro socio local es el JTRR [Jesuit Tsunami Relief & Rehabilitation], un organismo que los jesuitas de Sri Lanka crearon tras el maremoto para organizar la ayuda a la población. El JTRR ha alojado desde el 26 de diciembre a miles de personas en las estructuras de los misioneros jesuitas, ocupándose de la distribución de comida, ropa y medicinas. Además de los proyectos del Magis, los jesuitas locales, mediante el JTRR, están realizando muchísimas iniciativas. También es importante el trabajo desarrollado por el JRS [Jesuit Refugee Service], el organismo internacional de los misioneros de la Compañía que se ocupa de refugiados y emergencias». Para respetar el decreto que prohíbe la reconstrucción cerca del mar, la Parodi dice que en el distrito de Galle, al sur del país, las ONG administradas por los jesuitas han vuelto a edificar en el interior, de manera menos masiva, en los terrenos privados, en forma de islotes. Un trabajo más difícil de hacer, pero que ha dado sus resultados.

Una otra imagen de las devastaciones
Llueve sobre mojado
Los salesianos llegaron a Sri Lanka hace cincuenta años. Don Gabriele Garnica está en Negombo desde hace 23 años y es el ecónomo de los salesianos de la isla. Habla de los muchos gestos de caridad, pequeños y grandes, que han acompañado a su trabajo en estos últimos meses: la ayuda para la edificación de casas, distribución de bicicletas y motores para los barcos. Al otro lado del teléfono su voz parece vibrar con ironía cuando alude a las extrañezas de la burocracia, que permite la distribución de motores de veinticinco caballos solo en la zona controlada por el gobierno; a los tamiles se les pueden dar motores como mucho de doce caballos.
Los tamiles, otro problema. Sri Lanka padece desde hace más de veinte años una sangrienta guerra civil en la que se enfrentan el gobierno, expresión de la etnia mayoritaria singalesa y los tamiles del LTTE (Liberation Tiger of Tamil Eelam). División también religiosa, dado que los singaleses son en su mayoría budistas y los tamiles son predominantemente hinduistas. Don Gabriele habla de un conflicto comenzado en el 83 con una sublevación de los tamiles como consecuencia de todas las injusticias de que eran víctimas. Desde 2002 existe un precario alto el fuego, primer paso de un proceso de paz que no consigue arrancar. Los muertos son hasta ahora 64.000. «Antiguamente la isla era rica», sigue diciendo don Gabriele, «ahora depende de la importación. Entre otras cosas el conflicto ha dejado en herencia millones de minas cuya colocación no se conoce porque no existen mapas. Un fuerte impedimento tanto para los desplazamientos como para la agricultura. Y ahora ha llegado también la ola. Llueve sobre mojado…», y parece suspirar, allí, en la otra parte del mundo: «Los que han perdido la casa ahora por lo general viven en alojamientos provisionales: cuatro paredes precarias de lata o de material poco consistente. Ahora está llegando la época de los monzones…». Habla de las muchas obras que han crecido en estos años alrededor de los salesianos. Entre estas, las muchas escuelas profesionales surgidas. En Negombo son 450 los alumnos de la escuela local, otros cientos están diseminados por las demás escuelas. Explica que su deseo es ahora entrar de manera estable en las zonas controladas por los tamiles, en el norte, donde ya trabajan de alguna manera. Habla conmovido de un pueblo de nombre impronunciable, en una zona controlada por los tamiles, completamente arrasado por la ola –más de novecientos muertos–, y de la gran cantidad de personas supervivientes gracias a un retraso providencial: estaban en misa aquel 26 de diciembre en una iglesia de fuera del poblado, y la función, que había empezado tarde, mantuvo a la gente lejos de las casas. Los cristianos, minoría religiosa del país, están diseminados entre tamiles y singaleses.
Como afirma don Alencherry, la ayuda que pueden ofrecer los misioneros es una pequeña cosa comparada con lo que hay que hacer para subsanar los daños de la ola. Pequeña, sí, pero no por eso menos apreciada. Don Alencherry narra su última visita en Sri Lanka, a Elipitya, a la misión que los salesianos tienen allí. Acababan de distribuir barcos y se les acerca una señora italiana preguntando por el padre Anthony Humer Pinto, superior de la visitaduría salesiana local. La señora había encontrado el nombre de Pinto en Internet, donde se le describe como una persona que había hecho mucho por las víctimas del tsunami, hasta el punto de haber recibido un reconocimiento nacional, y le quería conocer. La señora cuenta su historia brevemente: estaba en aquella zona en el momento de la tragedia. Había vuelto a Italia y se había encargado de recoger fondos para ayudar a algunos niños huérfanos que habían sido acogidos en una estructura del gobierno. Había vuelto para comprobar que el dinero se había usado correctamente. Pero… mirando a aquellos niños, en aquel edificio… era como si faltara algo. Así que había venido a preguntar por don Pinto: quería saber qué hacían los salesianos. Don Alencherry explica entonces que había invitado a la señora a visitar un centro de acogida para niños huérfanos que estaba no muy lejos de allí. Era parecido al otro. Y sin embargo… «La señora se puso muy contenta. Decía que allí los niños vivían con dignidad…». Sonríe don Alencherry mientras cuenta esta pequeña anécdota, sin adentrarse en más explicaciones. No es necesario. Para ellos, los misioneros, es normal estar con aquella gente desventurada. Estaban allí también antes del maremoto. Allí se han quedado y han seguido haciendo lo que siempre han hecho. Sin cálculos mezquinos. Es lo que dice Silvia Parodi: «¡La mayor parte de las casas construidas por el Magis son para los musulmanes! Creo que es algo muy hermoso, sobre todo en estos tiempos tan complicados».