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ONU
Sacado del n. 09 - 2005

Demasiadas supresiones



por Giovanni Cubbeddu


El documento final de la cumbre de jefes de Estado y de gobierno que celebró el sesenta cumpleaños de las Naciones Unidas reserva algunas decepciones. No nos referimos a la fallida reforma del Consejo de Seguridad, postergada sine die por el peligro de que todo se quedara en una ampliación a pocos del título de miembro permanente, sino al descubrimiento de que de otras promesas queda bien poco o nada.
Pondremos algunos ejemplos, a partir del capítulo sobre el desarrollo de los países pobres. El párrafo que en la versión anterior del documento afirmaba la necesidad de aumentar inmediatamente las ayudas para alcanzar el célebre 0,7 por ciento del PIB, ha desaparecido completamente. En su lugar encontramos un desvaído y genérico compromiso en el que «se toma nota con interés de los esfuerzos internacionales de algunos países».
En cuanto al comercio internacional, las concesiones precisas que habían sido pensadas para facilitar inmediatamente las exportaciones de países pobres o la protección de sus débiles mercados interiores se han degradado conceptualmente equiparándolas a la «significativa liberalización del comercio» como instrumento del desarrollo, y también ha sido cancelada la mención de la decisión del WTO de agosto de 2004 a favor de los mercados emergentes.
Los países en los que el sida, la malaria o la tuberculosis son pandemias, además, no recibirán ningún alivio, dado que ya no existe la referencia al compromiso de la ONU de asegurar ayudas públicas de largo plazo para la investigación científica, nuevas medicinas y tratamientos (de modo que no es seguro que se intervenga en los sectores médicos donde no exista margen para la ganancia privada). Esto no le ha agradado tampoco a la Santa Sede, que fue quien presentó la propuesta original.
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Pero las sorpresas comenzaban ya en la primera página del documento, precisamente la titulada “Valores y principios”, de donde desaparecen conceptos como el “multilateralismo” (que aparece mucho después en el texto, como corolario del debate sobre el uso de la fuerza en las relaciones internacionales) y el “no recurso a la amenaza o al uso de la fuerza”. Especialmente, del párrafo sobre el uso de la fuerza se ha suprimido la reafirmación de que esto «debería ser considerado un instrumento que utilizar como último recurso», como también ha desaparecido el reconocimiento de la «necesidad de seguir discutiendo sobre los principios relacionados con el uso de la fuerza».
Así pues, el Consejo de Seguridad podrá cada vez más ser interpelado y actuar frente a la única amenaza del uso de la fuerza.
Para reparar el daño de las intervenciones militares debería servir la Peacebuilding Commission, que se ha decidido crear como órgano que formule estrategias integradas de ayuda y reconstrucción para las zonas afectadas por conflictos. Hoy esta Comisión (que llena un vacío conceptual e institucional de la ONU) es una de las pocas novedades, que responde al cada vez mayor énfasis que se atribuye a la noción de «responsabilidad de proteger», entendida como deber de los Estados para con los pueblos víctimas de genocidio, crímenes de guerra, limpieza étnica y crímenes contra la humanidad. Y si los gobiernos no actúan, interviene el Consejo de Seguridad. Desde que fue propuesta hace dos años por Canadá, entre las protestas de quienes veían en ella un peligro para la soberanía estatal, la Peacebuilding Commission ha andado mucho camino, promovida especialmente por Estados Unidos y varios gobiernos africanos. El cardenal Sodano le dedicó una buena parte de su intervención en la ONU del 16 de septiembre (recordando la célebre «injerencia humanitaria» solicitada por el papa Wojtyla ya en 1992-93, si bien el secretario de Estado no la citó nunca abiertamente).

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Hay otros dos puntos que interesan sin duda alguna a la diplomacia vaticana.
El primero es la próxima creación de un Consejo de los Derechos Humanos. Esto permitirá retomar en la ONU casi ex novo el infinito debate sobre el tema, porque los derechos humanos pueden ser evocaos tanto en caso de conflictos como por cuestiones morales y reproductivas. Pero este terreno, ya se trate de política como de ética, es un terreno minado; acertada estuvo la reciente intervención de la Santa Sede en la Asamblea General de la ONU el 23 de septiembre, en la que se subrayaba que solo el «legítimo pluralismo» en la tutela práctica de los derechos humanos puede hacer superar el estéril debate entre los favorables al relativismo enfrentados a los del imperialismo cultural (y político…). Pero el compromiso está todavía por definir, como también la identidad de ese Consejo.
El segundo punto es el diálogo interreligioso, que el Palacio de Cristal considera cada vez más como posible instrumento de composición pacífica de las controversias. Pero el tema, dicen los diplomáticos vaticanos, no es materia estatutaria de la ONU, de la que haya de ocuparse, y hay que dejarlo por supuesto a las distintas confesiones. Por ello hay que evitar que esta apertura a las religiones esconda la vieja tentación de llegar a una ética, universal e indistinta, “de apoyo”, junto con el deseo de algunos de hacer de ella una llave universal de acceso a la ONU para cualquier secta con amigos más o menos introducidos en el Palacio de Cristal.
En fin, no hemos olvidado la triste supresión en el texto final del capítulo sobre “Desarme y no proliferación” nuclear.
Volveremos sobre el tema.
Giovanni Cubeddu


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