Una casa para las víctimas de la superstición
Los guanelianos han organizado en Kinshasa varios centros donde reciben y tratan de reinsertar en sus núcleos familiares de origen a decenas de miles de “niños brujos”
por Paolo Mattei

Padre Santiago, ¿con cuántos niños trabajan actualmente?
SANTIAGO MARÍA ANTÓN: Con unos 250 que están en cuatro institutos, situados en el barrio de Matete. Tres de estas estructuras son centros de acogida permanente, donde se les ofrece a los niños alojamiento, comida, vestidos, educación y cuidados médicos… en fin, todo lo que tiene que ver con sus necesidades primarias. Pero también les seguimos personalmente con un proyecto educativo que pretende reisentarlos en sus familias. El cuarto centro se llama “El punto de agua”: abre por la mañana y cierra por la noche, y los niños que no quieren quedarse a dormir pueden encontrar ayuda, pero también aprender un oficio.
¿El objetivo fundamental es que vuelvan a sus familias de origen?
PADRE SANTIAGO: Sí. Conseguimos que vuelvan a sus casas la mitad más o menos de los chavales que recogemos en las calles. Por desgracia, no es para todos un regreso definitivo, muchos vuelven a la calle. A menudo resulta difícil incluso identificar a las familias de origen. Pero con un fatigoso trabajo de investigación casi siempre conseguimos encontrarlas.
¿Cuál es el motivo de que se les abandone?
PADRE SANTIAGO: Es un fenómeno social nuevo. Las causa son varias: el subdesarrollo macroeconómico, la debilidad institucional de los poderes públicos y de los instrumentos de protección de la infancia, la economía de guerra que dura desde hace más de cinco años y que ha favorecido la marginación de las categorías sociales más pobres con el consiguiente desmoronamiento del ambiente familiar… Pero lo devastador ha sido el éxodo rural hacia las ciudades.
¿De qué se trata?
PADRE SANTIAGO: El impacto de los emigrantes rurales con la gran ciudad –una mezcla de costumbres europeizantes, inclinaciones americanizantes y costumbres autóctonas– ha disgregado el patrimonio de tradiciones y cultura sobre el que se basa la vida familiar en la aldea. En la aldea existen normas y jerarquías compartidas y respetadas por todos que salvaguardan el orden de la convivencia civil. Con el desplazamiento a la ciudad, causado por la pobreza, este sistema desaparece de golpe, la mezcla de gente de distinta procedencia y cultura hace que todo esté menos claro. Y sobre todo, cada uno busca con afán sobrevivir diariamente en medio de mil dificultades. Las tradiciones siguen existiendo, por supuesto, pero ya no están contenidas ni sistematizadas en el contexto de la aldea. Tiene lugar una especie de enloquecimiento de las concepciones locales de la vida, por lo que si sucede una desgracia en la familia, por ejemplo la muerte imprevista de un joven, algo inexplicable e insoportable para un africano, se identifica el chivo expiatorio en el niño, al que se le acusa de brujería y se le echa de casa. Sin embargo, en la tradición rural congoleña el niño es respetado, y en condiciones normales no se le abandonaría nunca. En realidad, es un modo para quitarse de encima a una boca. Pero, repito, todo esto en una dinámica de desnaturalización radical causada por el impacto con la realidad urbana y por la pobreza extrema.
La ciudad no ofrece muchas posibilidades de supervivencia…
PADRE SANTIAGO: Mire, la comparación con otras situaciones africanas es imposible porque aquí más o menos aún se consigue comer algo una vez al día. Pero la miseria no se define sólo por lo que te metes en el estómago. Hay miseria cuando expulsan a los chavales de escuela porque sus padres no tienen dinero para pagar, cuando uno no puede ser operado o pedir una visita médica porque no hay dinero, cuando diez personas viven en treinta metros cuadrados, cuando la mayor parte de los jóvenes no tiene trabajo… Entonces muchos se refugian en las sectas religiosas. Se trata de sectas, sobre todo cristianas, que se multiplican a ojos vistas.

PADRE SANTIAGO: Un efecto anestésico. Naturalmente a cambio de dinero y poder. Las sectas nacen como hongos, inventarse una se ha convertido en un oficio para el que tenga algo de imaginación y sea un poquillo listo. Quien entra a formar parte de ellas lo hace para descargar las tensiones acumuladas a causa de los problemas económicos y sociales. Con prácticas de oración colectiva, que se manifiestan mediante palmas rítmicas y el canto a voz en grito, el adepto desahoga su rabia y durante unos días se siente tranquilo, como bajo el efecto de una droga. Es una oración desligada de la realidad, cuyo objetivo es hacer olvidar la realidad. Y las consecuencias son estas: si se presenta un problema, no se afronta, sino que se aparta con cualquier medio, inventándose un origen negativo –el “niño brujo”– y tratando de eliminarlo. Quien gestiona este sistema, gana dinero y sobre todo poder, por ejemplo con la práctica de los exorcismos.
¿Qué quiere decir?
PADRE SANTIAGO: Quiere decir que los fundadores y los responsables de estas sectas, que conocen bien la psicología del africano, se proclaman exorcistas y “libran” del “espíritu maligno” al niño brujo. O también se encargan de identificar la presencia de fuerzas malignas en la casa. En fin, explotan estas debilidades, explotan el drama de estos niños utilizando la misma escenografía del drama.
¿Son sectas importadas de Occidente?
PADRE SANTIAGO: Su origen no está claro. La mayor parte han sido fundadas y están dirigidas por gente de aquí. Pero es probable que detrás de esa gente se muevan poderes más grandes a los que les interesa manipular a su antojo a las personas.