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VATICANO
Sacado del n. 07/08 - 2005

PROPAGANDA FIDE. Entrevista al prefecto de la Congregación misionera

Los múltiples rostros de la Iglesia llamada a la unidad


Encuentro con el cardenal Crescenzio Sepe. Su dicasterio se encarga de coordinar y seguir a más de mil circunscripciones eclesiásticas, entre las que se encuentran la inmensa mayoría de las diócesis africanas, asiáticas y de Oceanía, con seminarios, escuelas y estructuras sanitarias. Un mundo articulado y complejo que ha de actuar en civilizaciones, culturas y tradiciones diversas, de las que llegan muchos testimonios de vitalidad y fe


Entrevista con el cardenal Crescenzio Sepe de Roberto Rotondo y Gianni Cardinale


El cardenal Crescenzio Sepe distribuye pequeños crucifijos 
a los fieles guatemaltecos durante su visita pastoral a Guatemala

El cardenal Crescenzio Sepe distribuye pequeños crucifijos a los fieles guatemaltecos durante su visita pastoral a Guatemala

«La Iglesia es por naturaleza misionera, su tarea primordial es la evangelización». Lo recordaba Benedicto XVI durante uno de sus primeros actos como Papa, su breve aunque significativa peregrinación a la Basílica de San Pablo Extramuros, en Roma, el pasado 25 de abril. Ante la tumba del Apóstol de los gentiles, el papa Ratzinger rezó para que «la Iglesia de Roma, su obispo y todo el pueblo de Dios obtengan la alegría de anunciar y testimoniar a todos la Buena Nueva». Uno de los instrumentos privilegiados que la Iglesia tiene a disposición institucionalmente para promover la misión es la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. Este dicasterio, nacido en el siglo XVII para ayudar y coordinar a los misioneros y las nuevas Iglesias que nacían en territorios alejados de la vieja Europa, se ha ido convirtiendo cada vez más en el instrumento «ordinario y exclusivo del papa y de la Santa Sede para el ejercicio de jurisdicción sobre todas las misiones y la cooperación misionera», según lo establecido por la constitución apostólica Pastor Bonus de 1988. De Propaganda Fide dependen hoy más de mil circunscripciones eclesiásticas, entre las cuales están la inmensa mayoría de las diócesis africanas, asiáticas y de Oceanía, además de universidades, seminarios, hospitales, escuelas. Una red de relaciones y estructuras compleja y muchas veces poco conocida incluso por los propios fieles católicos. Para conocerla mejor hemos hablado con el prefecto de Propaganda Fide, el cardenal Crescenzio Sepe, que está al frente de la Congregación misionera desde 2001.
¿Cómo coordina Propaganda Fide la obra misionera de la Iglesia católica?
CRESCENZIO SEPE: Desde el punto de vista de la “estructura”, Propaganda Fide es un mundo articulado y complejo, caracterizado por muchas siglas que indican las distintas ramas de actividad de nuestra Congregación: la Propagación de la fe, la Obra de San Pedro Apóstol, la Santa infancia y la Pontificia Unión Misionera del Clero. Una actividad realmente notable, difícil de explicar incluso “sobre el papel” por la vastedad del territorio en el que actúa, coordina, interviene.
La primera exigencia a la que hemos de responder es la de tener bajo observación –o lo que es lo mismo, cuidar– un gran territorio que comprende algunas regiones de Europa suroriental, algunas zonas de América del Norte, del Centro y del Sur, casi toda África, toda Asia excepto Filipinas, y Oceanía excepto Australia. Como se puede intuir fácilmente, aquí hemos de confrontarnos no sólo con civilizaciones, culturas y tradiciones distintas entre sí, sino también con una presencia de Iglesia muy disforme y variada. En las oficinas de la Congregación estos diferentes rostros de una Iglesia llamada a la unidad, pero que muestra la riqueza de su complementariedad, como dijo el papa Benedicto XVI en la homilía de la misa de los santos Pedro y Pablo, no se advierten por las cartas y documentos, que no dejan de ser útiles e importantes, sino a través de todos los elementos de vitalidad que definen a cada una de las realidades.
¿Cuáles son estos elementos de vitalidad propios de cada realidad local?
SEPE: Además de examinar las relaciones enviadas por los obispos locales, por las Representaciones pontificias y por las Conferencias episcopales nacionales, el interés de la Congregación se dirige directamente a la vida y al ministerio de los obispos (unos 1.300), a la vida cristiana de los fieles, a la disciplina del clero y de los religiosos, y cuida especialmente todas las asociaciones caritativas, las escuelas y, de manera muy especial, la vida de los seminarios. De este modo la coordinación de las numerosas iniciativas tiene lugar mediante los contactos, las relaciones, las visitas: todo lo que tiene que ver con la fibra de la vida cristiana, según el ritmo propio de cada comunidad y de las estructuras que éstas, a su vez, presentan.
Por eso el elemento que más me ha ayudado a responder a los objetivos y a los compromisos de Propaganda Fide han sido los viajes que he realizado en estos años. Sin ir al lugar, sin visitar una a una todas las comunidades, las diócesis, las iglesias, toda actividad y todo activismo sobre el terreno misionero serían difícilmente comprensibles. Los encuentros en vivo, en cierto sentido, justifican y hacen viva día a día nuestra estructura: son su alma, pues lo que está sobre el papel se transforma en vivencias. La enseñanza de Juan Pablo II sobre este punto es más elocuente que nunca.
Desde este punto de vista, ¿cuáles han sido los viajes que más le han impresionado, y por qué?
SEPE: Cada viaje presenta una característica especial y tiene una finalidad específica. En todo caso, se realizan siempre por invitación de los obispos, con los que se concuerda también el programa. El primer acto es, de todos modos, el encuentro con toda la Conferencia episcopal del país y, a menudo, también con cada uno de los obispos. Normalmente el programa prevé también un encuentro con los sacerdotes, los religiosos, los laicos y los catequistas, además de la visita a las comunidades más pobres e indigentes donde trabajan, con grandes sacrificios y amor, misioneros y misioneras que ofrecen el testimonio más verdadero y auténtico del amor de Cristo por los más pobres y abandonados. De este modo he podido ver con mis propios ojos cómo se cuidan a los enfermos de sida, cómo se desarrolla la enseñanza escolar en barracas o en lugares improvisados, y cómo se desarrolla la actividad de los catequistas sobre todo en las zonas de periferia o en las áreas de primera evangelización.
He de decir que cada viaje me deja una señal profunda que no se borra y queda como un paradigma para dar respuestas concretas a las distintas necesidades. Además, el hecho de que llevo siempre y a todas partes el saludo, las oraciones y la bendición del Santo Padre, hace que se viva con intensidad una profunda comunión con la Iglesia universal y que se ofrezca también un estímulo para una fe más valiente. Es lo que ha ocurrido, por ejemplo, en las visitas a Camboya, a Laos, a Myanmar (antes Birmania).
A Mongolia, en cambio, fui en nombre del Santo Padre para ordenar al primer obispo y bendecir la primera Catedral en la historia de este país. Si se piensa que hasta hace algunos años no existía allí ningún católico y que hoy existe una pequeña pero dinámica comunidad, que crece cada día con nuevos bautizados, se comprende también la profunda impresión que se recibe; la misma impresión recibí cuando, junto a otros obispos, di el bautismo a 465 adultos en Taiwán, por lo general jóvenes. Lo mismo ocurrió en Camboya y en muchos otros países. Estos hechos representan y hacen revivir la vida de la Iglesia de los primeros siglos. Es como si se estuviera reescribiendo una edición actualizada de los Hechos de los Apóstoles.
el cardenal Crescenzio Sepe

el cardenal Crescenzio Sepe

El 16 de julio, Eglises d’Asie, la agencia de las Missions etrangères de Paris, informó de su próximo viaje a Vietnam. ¿Cómo nació la invitación por parte del gobierno vietnamita?
SEPE: Ya que me lo pregunta, no puedo sino confirmar que próximamente iré en visita a Vietnam. También en este caso la invitación procede de los obispos, del presidente de la Conferencia episcopal, del arzobispo de Hanoi y del arzobispo de Ciudad Ho Chi Minh, el cardenal Pham.
El gobierno ha confirmado oficialmente esta invitación y estoy en espera de conocer los detalles del programa. El viaje, como siempre, tiene un significado total y exclusivamente pastoral, con visitas a los obispos y a las comunidades católicas existentes en el país. Habrá también contactos con representantes del gobierno. Espero que la visita represente un incentivo para todos a vivir gozosamente la fe, sin olvidar el compromiso de la Iglesia con el desarrollo no sólo religioso, sino también cultural, social y humano de la gran nación vietnamita.
En este período se ha hablado mucho, con el G8 y el Live8, de cómo ayudar a África. Los misioneros católicos siempre se han enfrentado a los grandes problemas que atenazan a los países pobres, como el hambre, la guerra, las epidemias. Un trabajo que casi nunca es tomado en consideración por los medios de comunicación…
SEPE: La Iglesia –como se lee en la Redemptoris missio–, en su conjunto y en sus partes, existe ante todo para la evangelización. Y quiero subrayar que toda intervención caritativa, pequeña o grande, ligada a la promoción del hombre en todos los aspectos de su existencia, va directamente ligada a esta vocación evangelizadora. Esto es aún más evidente en las tierras de misión, donde sería casi imposible hacer la lista de las obras de asistencia, desde hospitales a escuelas y todo lo que se hace para suavizar los grandes males provocados por la pobreza. En estos días se ha hablado en todo el mundo de ayudas a África, un continente que, como ha dicho el papa Benedicto XVI en el Angelus del 3 de julio, está «a menudo descuidado». Son iniciativas sin duda válidas y necesarias, sobre todo para sensibilizar a la opinión pública y a los responsables de las naciones sobre este rico-pobre continente, pero no hemos de olvidar que la acción evangelizadora de la Iglesia ha estado siempre vehiculada por las obras de caridad y que desde hace siglos lleva al progreso integral del continente. No hay más que observar los datos de nuestro presupuesto anual para darnos cuenta de lo que la Iglesia hace por África.
Pero la verdadera y permanente ayuda que la Iglesia ofrece desde hace siglos a África no es sólo la ayuda caritativa y humanitaria, sino más bien la ayuda con la que se pretende que África crezca de manera que sea capaz de autodesarrollarse en todos sus aspectos.
África es un continente que posee capacidad y potencialidad como quizá ningún otro continente. La ayuda que hemos de dar es ponerla en condiciones de madurar para que asuma con claridad sus propias responsabilidades. ¿Por qué un continente tan rico, incluso en materias primas, vive todavía hoy en este estado de pobreza? Porque muchos van a África solo para explotar sus riquezas, dejando a las poblaciones en una situación miserable.
La Iglesia, con el anuncio del Evangelio, da a conocer a todos la dignidad excelsa de todo hombre por ser hijo de Dios y hermano de Jesucristo, y ofrece, al mismo tiempo, los medios para un crecimiento pleno e íntegro: espiritual, humano y social. Este compromiso misionero lo sigue realizando la Iglesia aún hoy, a pesar de tantas dificultades. Los frutos no faltan.
La Iglesia misionera ha de tener en cuenta continuamente a las otras confesiones. Después de los atentados de Londres se ha vuelto a hablar demagógicamente de choque de civilizaciones. ¿Qué pueden hacer las confesiones religiosas para responder a quienes han sido definidos por Benedicto XVI como «fomentadores del odio»?
SEPE: El terrorismo y la violencia son como balas perdidas que no pueden representar a ninguna religión, cultura o civilización.
Contra estos “fomentadores del odio” hay que llamar a todos los hombres de buena voluntad para realizar la “civilización del amor”.
Por eso la dramática situación internacional nos llama a la necesidad de hallar, hoy más que nunca, los caminos para comenzar no sólo un diálogo, sino también para realizar una alianza de valores en torno a los que construir juntos un nuevo futuro para toda la humanidad. Lo que sucede en Cercano y Medio Oriente, la aún no resuelta cuestión iraquí, la enmarañada cuestión israelo-palestina, como también las heridas aún abiertas de los conflictos en Kosovo y Bosnia, testimonian la urgencia de dar con terrenos comunes de compromiso para todas las confesiones religiosas, realizando, en sustancia, una forma de diálogo interreligioso y ecuménico ampliado no solo a la esfera doctrinal, sino a la de las obras y las realizaciones concretas. Ejemplos, por suerte, no faltan. La Iglesia misionera está en primera línea, pudiendo contar con una red de relaciones extremadamente amplia. Todo esto lo he constatado durante mis viajes en los que he podido hablar con los jefes de las confesiones no católicas o no cristianas.
Un misionero en el pueblo de Turkana, en Kenia

Un misionero en el pueblo de Turkana, en Kenia

Una red que, según los datos publicados en la nueva edición de la Guía de las misiones católicas 2005, va en aumento…
SEPE: Sí, gracias a Dios, sobre todo en África y en Asia aumenta constantemente. Una de las grandes señales del pontificado de Juan Pablo II fue precisamente el gran florecimiento de las Iglesias en tierra de misión. El número de bautizados en el continente africano –con respecto a 1978– ha aumentado en un 148 por ciento, y en un 71 por ciento en Asia. Por consiguiente el número de obispos ha aumentado en un 43 por ciento en África y en un 28 por ciento en Asia, y hay que considerar que en su gran mayoría se trata, respectivamente, de obispos africanos y asiáticos. Además, la Conferencia episcopal católica de India, con más de 200 obispos, es la cuarta más grande del mundo, después de la de Brasil, Italia y Estados Unidos. Aún más: el clero diocesano y el religioso ha aumentado en un 65 por ciento en África y en un 60 por ciento en Asia. Las religiosas, en un 49 por ciento en África y en un 54 por ciento en Asia; y los religiosos, en un 38 por ciento en África y en un 23 por ciento en Asia. Los candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa han aumentado en un 273 por ciento en África y en un 136 por ciento en Asia. Son datos que justifican la afirmación contenida en la exhortación postsinodal Ecclesia in Africa: el Señor ha visitado a su pueblo que está en África. Este continente vive un «momento propicio, un día de salvación». Más en general parece haber llegado, desde el punto de vista eclesial, «una hora de África».
Quisiera señalar, en especial, el creciente desarrollo cultural que, por ejemplo, hace que ahora para traducir la Biblia y los textos sagrados haya en la tarea directamente estudiosos y teólogos locales, los cuales conocen todos los matices de los lenguajes africanos. Esto ha facilitado también la creación de pequeñas comunidades de creyentes, que han tenido un papel importantísimo en la difusión de la fe. En las pequeñas comunidades nadie se siente solo y la acción evangelizadora se vuelve casi natural y sin duda más ágil. La mayor y mejor comprensión del tema de la inculturación ha hecho lo demás. La inculturación, en su significado más genuino, hace que el Evangelio se encarne en culturas distintas, según un acercamiento doble, es decir, “transmitiendo” sus valores y “adquiriendo” lo bueno que hay en ellas.
En Europa es cada vez más amplia la presencia de sacerdotes y religiosos procedentes de África y Asia. ¿Estamos asistiendo a un flujo misionero a la inversa?
SEPE: Esta ha sido casi una revolución copernicana. El hecho que sacerdotes y religiosos del continente africano y asiático se hayan convertido a su vez en misioneros testimonia la catolicidad y la “comunionalidad” de la Iglesia: hoy el mensaje de Cristo ha de ser llevado también a países de antigua cristianización. Como se afirma en la exhortación postsinodal Ecclesia in Europa, en varias partes del Viejo continente hay necesidad de anunciar por primera vez el Evangelio. Está creciendo el número de personas no bautizadas, ya sea por la notable presencia de inmigrantes pertenecientes a otras religiones, ya sea porque también los hijos de familias de tradición cristiana no han recibido el bautismo por la presión atea y materialista. La conclusión es que también en algunas áreas del Viejo continente se hace necesaria una verdadera missio ad gentes.
De este modo he podido ver con mis propios ojos cómo se cuidan a los enfermos de sida, cómo se desarrolla la enseñanza escolar en barracas o en lugares improvisados, y cómo se desarrolla la actividad de los catequistas sobre todo en las zonas de periferia o en las áreas de primera evangelización. He de decir que cada viaje me deja una señal profunda
Durante la experiencia de estos años, ¿ha advertido alguna vez el riesgo de que en tierras donde el cristianismo es fuertemente minoritario, a veces apenas tolerado cuando no combatido, se pueda confundir la vocación misionera de la Iglesia con un intento por parte de una organización espiritual centralizada de conquistar nuevos espacios, y a los misioneros con agentes mandados para colonizar?
SEPE: El misionero, por naturaleza y vocación, no es un conquistador, sino un portador de bien, del bien más grande, que es la fe en Jesucristo, que es también el Príncipe de la paz. Y esto lo demuestra con su experiencia, con la abnegación y donación de sí mismo para el bien de todos, hasta dar, en algunos casos, su propia vida. Así pues, en los países donde los católicos son una minoría, los hospitales y las escuelas católicas están abiertos a todos y para entrar no se le pide a nadie el “carnet de socio”. Por eso ocurre que en algunos países árabes la gran mayoría de alumnos son de religión islámica.
En un reciente viaje, un joven no cristiano me preguntaba por qué los misioneros venían de países lejanos, y yo le respondí que la presencia de los misioneros tiene como único objetivo ofrecer a quienes lo deseen un bien que nos ha sido dado, y que deseamos que también otros sean partícipes. Luego, cada cual es libre de aceptar o no.
Concluyendo, ¿cuál es el verdadero significado de la misión?
SEPE: Quisiera arrancar de la primera y gran señal del pontificado de Benedicto XVI, la visita a la Basílica de San Pablo Extramuros. Al comienzo de su ministerio petrino, el Papa quiso reafirmar el carácter misionero de la Iglesia. Este carácter no representa, sustancialmente, una simple decisión o una opción como otra. Es la naturaleza misma de la Iglesia lo que expresa la catolicidad y la universalidad del mensaje. «Ay de mí si no evangelizara»: la advertencia de san Pablo está hoy más viva que nunca en la sociedad secularizada y en el mundo globalizado en que vivimos. O mejor dicho, este estado misionero requiere una expansión nueva y más profunda, que llegue no solo a las estructuras sino a la mentalidad y las actitudes de todo creyente.
Los cristianos han de ser formados según una conciencia misionera: hoy más que nunca, afirma la exhortación Ecclesia in Europa, esto es necesario en cada cristiano, empezando por los obispos, los presbíteros, los diáconos, los consagrados, los catequistas, los maestros de religión.
La Iglesia, desde que nació, ha enviado apóstoles, portadores del único mensaje de salvación que es Cristo. El mensaje de la Iglesia, aunque esté encarnado en las diversas culturas, es el mismo en todas las latitudes.
Se me vienen a la mente las hermosas palabras del papa Benedicto XVI en la homilía de la misa de los santos Pedro y Pablo: «Catolicidad significa universalidad, multiplicidad que se trasforma en unidad; unidad que, a pesar de todo, sigue siendo multiplicidad. Por las palabras de Pablo sobre la universalidad de la Iglesia hemos visto que de esta unidad forma parte la capacidad de los pueblos de superarse a sí mismos para mirar hacia el único Dios».
Por esto vive, espera y cree el cristiano: hacer conocer a Cristo como el único Salvador del hombre, ofreciendo a todos la posibilidad de encontrarlo, amarlo y adorarlo.


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