Fragmentos de don Luigi Giussani sobre el encuentro de Jesús con los dos primeros discípulos
«Andrés y Juan son la figura de lo que debemos hacer»
(El atractivo de Jesús, Ediciones Encuentro, Madrid 2000, p. 41)
Fragmentos de don Luigi Giussani preparado por Lorenzo Cappelletti

En estas páginas, algunos detalles de los frescos de la Capilla de los Scrovegni, Giotto, Padua
«Yo mismo me persuadí del error en que me encontraba juzgando que la fe, por la cual creemos en Dios, no era un don divino, sino que procedía de nosotros […]. No consideraba que la fe fuera prevenida por la gracia de Dios […] Pensaba que no podríamos creer sin la predicación previa de la verdad; mas en cuanto al asentimiento o creencia en ella, una vez anunciado el Evangelio, juzgaba yo que era obra nuestra y mérito que procedía de nosotros. Este error mío está bastante manifiesto en algunos opúsculos que escribí antes de mi episcopado» (Agustín, De praedestinatione sanctorum 3, 7).
En el De praedestinatione sanctorum, obra de los últimos años de su vida, Agustín confiesa con sencillez este error suyo –y este no es el último de los aspectos que nos hacen sentir a san Agustín tan moderno y persuasivo– presente en libros anteriores a su ordenación episcopal, que había recibido treinta años antes (395 ó 396).
El error de Agustín parece dominar –inconfesado– el escenario de estos últimos decenios del catolicismo más argumentador y vistoso.
En don Giussani, por el contrario, la unidad de palabras, mirada, atracción de gracia está propuesta de nuevo continuamente y está descrita ante nuestros ojos a partir del comentario que hace del encuentro de Jesús con los dos primeros discípulos, Juan y Andrés, y que puede sintetizarse en la expresión: «Le miraban hablar». Y, si nos atenemos al testimonio que le rindió el entonces cardenal Ratzinger en su funeral, esto se da gracias a lo que don Giussani vivió en primera persona: «Don Giussani mantuvo siempre la mirada de su vida y de su corazón orientada hacia Cristo. Comprendió así que el cristianismo es un encuentro, una historia de amor, un acontecimiento».
Afirmar que la fe surge de un estupor como el de Juan y de Andrés –así podríamos traducir la palabra suavitas que usa el Concilio ecuménico Vaticano I en la constitución dogmática sobre la fe (citando explícitamente el segundo Concilio antipelagiano de Orange que don Giussani gustaba recordar)– no quiere decir no prestar atención a cómo presentar las verdades cristianas. Quiere decir hacer que predomine la humilde fidelidad a la doctrina («Todo el que se excede y no permanece en la doctrina de Cristo, no posee a Dios. El que permanece en la doctrina, ése posee al Padre y al Hijo», 2 Jn 9) y la oración de cada instante a Aquel que solo puede tocar y atraer la mente y el corazón del hombre.
Por lo demás, también en el reciente Compendio del Catecismo de la Iglesia católica hay una pequeña frase que, repitiendo de nuevo con sencillez el pre-ceder, el pre-venir de la gracia, ilumina, come hace un rayo de sol con las vidrieras de una catedral, todas las verdades en él contenidas: «La oración es siempre un don de Dios que viene a encontrar al hombre» (n. 534).
preparado por Lorenzo Cappelletti

ESTE TÚ LLENABA SU ROSTRO Y SU CORAZÓN
Andrés y Juan –como narra el primer capítulo de san Juan–, que seguían a Cristo casi como asustados, cuando se dio la vuelta y dijo: «¿Qué buscáis?», no dijeron Tú, sino que le dijeron: «Maestro, ¿dónde vives?». Era un modo de decir Tú. Y cuando volvieron a sus casas y dijeron «Hemos encontrado al Mesías», era este Tú el que llenaba su rostro y su corazón. 2
2 Ejercicios de la Fraternidad de Comunión y Liberación, suplemento del n. 5, mayo 1991, de Litterae Communionis - CL, p. 25.
DELANTE DE SUS OJOS
Para Andrés y Juan el cristianismo, o mejor, el cumplimiento de la ley, la realización de la promesa antigua, de cuya respuesta vivía esperando el pueblo judío bueno […], lo que el pueblo esperaba, Aquel que debía venir; era un hombre que estaba allí ante sus ojos: se lo encontraron delante de sus ojos.
[…] Era un hombre que estaba allí ante sus ojos […]. Era algo que estaba sucediendo.
[…] No es que Andrés y Juan dijeran «Nos ha sucedido un acontecimiento». Evidentemente no era necesario que explicitasen con una definición, que definieran ya lo que les estaba sucediendo: ¡les estaba sucediendo! 3
3 El acontecimiento de Cristo y su permanencia en la historia, en 30Días –Año VIII- n. 87- 1994, p. 34.
LE MIRABAN HABLAR
Nos ensimismamos fácilmente con aquellos dos que estaban allí sentados, que miraban decir a aquel hombre cosas jamás oídas y, sin embargo, tan cercanas, tan coherentes, tan evocadoras.
Eran las palabras con las que la gran promesa bíblica se manifestaba al corazón de todo judío, pasaban de generación en generación dentro de su sangre; las palabras que utilizaba aquel hombre participaban de esa promesa, pero ellos no comprendían, estaban simplemente aferrados por ellas, arrastrados, trastornados por ese hablar: se quedaban mirándole cómo hablaba. 4
4 Ejercicios de la Fraternidad de Comunión y Liberación 1994, “El tiempo apremia”, cuaderno nº 7, p. 22.

CORRESPONDÍA MÁS
Si fuese una película tendría como primera escena a Juan y Andrés viendo a Cristo hablar en su casa. Un impacto: el impacto con una realidad que ellos sienten que les corresponde como nada hasta ahora les ha correspondido...
Cuanto más le miraban Juan y Andrés, más entraban en lo que Cristo era ya en acto, es decir, conocimiento de la verdad, conocimiento de la justicia, conocimiento de la leticia y de la alegría, «para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría sea plena». Correspondía más. 5
5 El atractivo de Jesús, op. cit., pp. 59-60.
ASÍ NACIÓ LA PRIMERA CERTEZA SOBRE CRISTO
Lo que ese hombre había dicho correspondía a su corazón, a las expectativas de su corazón, tan intensamente, tan evidentemente, tan inmediatamente que era como si dijeran: «Si no creemos a este hombre, ya no debemos creer a nuestros ojos». Así nació, surgió en la historia del mundo la primera certeza pública, sin contar la de su madre y su padre: la primera certeza sobre Cristo. […]
Imaginemos: volvieron a su casa y se pusieron a decir a todos sus hermanos, a los conocidos y a la gente que participaba en su pequeña cooperativa de barcas: «Hemos encontrado al Mesías». 6
6 La comunione come strada, en Litterae Communionis-Tracce, n. 7, julio/agosto de 1994, p. III.
COMIENZA LA MEMORIA
Juan y Andrés se pusieron a seguir a aquel hombre, y aquel hombre se dio la vuelta, y ellos le preguntaron, fueron a su casa... escuchaban –no estaban distraídos–, pero le escuchaban mirándolo. Ésa es la memoria. Desde entonces comenzó la memoria cristiana, y desde aquellos dos ha llegado hasta nosotros. 7
Pensad, ¡nosotros nos hemos movido por aquellos dos! Por aquellos dos que Le han mirado hablar, que le miraban hablar con sencillez, humildad, ingenuidad de corazón, por aquellos dos nos hemos movido: ¡aquellos dos han movido nuestras vidas y todavía las mueven! 8
7 Afecto y morada, Ediciones Encuentro, Madrid 2004, p. 215.
8 Ejercicios de la Fraternidad de Comunión y Liberación 1994, “El tiempo apremia”, cuaderno nº 7, p. 22.
EN SEGUIDA UNA FAMILIARIDAD
Pero aquellos dos, los dos primeros, Juan y Andrés –Andrés, muy probablemente, estaba casado y tenía hijos–, ¿cómo hicieron para quedar cautivados tan de repente y reconocerle? No existe otra palabra que pueda emplearse adecuadamente más que esta de reconocerle.
Diré que, si este hecho sucedió, reconocer a aquel hombre, reconocer quién era aquel hombre, no de manera exhaustiva y detallada pero sí que era algo excepcional, algo fuera de lo común –absolutamente fuera de lo común–, que ningún análisis podía deducir, reconocer esto debía ser fácil. 9
Esa casa era una casa diversa y aquel hombre trataba de un modo distinto, pensaba, se veía en sus ojos, de otro modo y luego cuando sus pensamientos se expresaban con palabras, hablaba de un modo diverso: era algo distinto.
Y se establecía inmediatamente con Él una familiaridad; en verdad, era Él quien establecía en seguida una familiaridad con los que encontraba. Y con dignidad, y con dulzura afirmaba cosas que tocaban la vida de los que le escuchaban, de las personas que encontraba. Como en aquel caso: ¡les cambió la vida! 10
9 El templo y el tiempo, Ediciones Encuentro, Madrid 1995, pp.56-57.
10 Ejercicios de la Fraternidad de Comunión y Liberación, suplemento al n. 6 junio 1995, de Litterae Communionis-Tracce, p. 13.

SON UNA SOLA COSA DE TAN LLENOS COMO ESTÁN DE LO MISMO
Y cuando volvieron, por la noche, al acabar la jornada, –probablemente recorriendo en silencio el camino, porque jamás habían hablado entre sí como en ese gran silencio en el que el Otro hablaba, en que Él continuaba hablando y resonando dentro de ellos–. 11
Pero imaginad a aquellos dos escuchándole durante varias horas y que luego deben volver a casa. Él les despide y ellos se marchan callados, en silencio, porque les invade la impresión que han tenido de presentir el misterio, de sentirlo. Y después se separan. Cada uno se va a su casa. No se despiden. No es propiamente que no lo hagan sino que lo hacen de otro modo: se despiden sin hablar porque están llenos de lo mismo, los dos son una sola cosa de tan llenos como están de lo mismo. 12
11 Ejercicios de la Fraternidad de Comunión y Liberación 1994, “El tiempo apremia”, cuaderno nº 7, p. 23.
12 El templo y el tiempo, op.cit., p. 58.
Qué es la Fe
Entendemos qué es la fe si nos ponemos en el lugar de los primeros: de Andrés y Juan que le siguieron y le preguntaron: «Maestro, ¿dónde vives?» (Jn 1, 38).
Frente a aquel hombre, ¿qué era la fe? Era reconocer la presencia divina. Ellos ni siquiera se atrevían a pensarlo, no lo tenían claro, pero reconocían en aquel hombre la presencia que liberaba, que salvaba. 13
Juan y Andrés tenían fe, porque tenían certeza de una Presencia que experimentaban: cuando estaban allí, en el primer capítulo de San Juan, sentados en su casa, al atardecer, mirándolo hablar, tenían la certeza de una Presencia, la experiencia de algo excepcional, de lo divino en una presencia humana. Luego –añado yo– se fue cada uno a dormir a su casa: Andrés con su mujer, y Juan con su madre. Fueron a su casa, cenaron en su casa, durmieron en su casa, se levantaron y fueron a pescar con sus compañeros.
Lo que habían visto la tarde anterior dominaba en su cabeza, ¿sí o no? Sí. ¿Lo veían? No. 14
13 Nella fede, uomo e popolo, en Litterae Communionis – Tracce, n. 9 de octubre de 1998, p. III.
14 ¿Se puede vivir así?, Ediciones Encuentro, Madrid 1996, p. 224.

ERA ÉL PERO DISTINTO
Ella le preguntó: «¿Qué ha pasado?», él la abrazó. Andrés abrazó a su mujer y besó a sus hijos; era él, ¡pero jamás la había abrazado así! Era como el alba, o la aurora, o el crepúsculo de una humanidad distinta, de una humanidad nueva, de una humanidad más verdadera. Como si dijese: «¡Por fin!», sin creer en lo que veían sus ojos. Pero era demasiado evidente para no creer en lo que veían sus ojos.15
Su marido se había vuelto otra cosa; no algo pensado, imaginado, sino real, porque nunca había sido abrazada por su marido así. Se había dado cuenta: primero porque nunca había sido mirada por su marido así y, después, porque nunca había sido abrazada por por su marido de aquel modo.
Y luego, al día siguiente, vio cómo trataba a sus amigos, cómo hablaba con los niños: había pasado algo que estaba transformando el rostro concreto, carnal, temporal de su vida. 16
15 Ejercicios de la Fraternidad de Comunión y Liberación 1994, “El tiempo apremia”, cuaderno nº 7, p. 23.
16 El acontecimiento de Cristo y su permanencia en la historia, en 30Días -Año VIII- n. 87- 1994, p. 35.
COMO SI TODA SU PERSONA FUERA UNA sÚplica
Imaginémonos a Simón Pedro, Felipe y Juan ante Jesús, mientras le siguen por los senderos del campo, o en la plaza del templo, o en una casa donde se han sentado a comer. ¿Cómo están? Están mirándolo, escuchándolo, atentos a aprender; pero son términos aún insuficientes, no completos: porque es como si toda su persona fuera una súplica. 17

17 Ejercicios de la Fraternidad de Comunión y Liberación, Rímini, 1988, p. 25.
BASTA ESA PERCEPCIÓN EMBRIONARIA DE LO QUE ÉL ES QUE TE LO HACE
SUPLICAR
Tu relación con Cristo no tiene que estar ya desarrollada, experimentada, madura, para que tu personalidad nazca de ella y para que, a partir de eso, sepas crear una compañía. Basta –cómo decir– la sorpresa que tuvieron Juan y Andrés, que no comprendían nada; basta la sorpresa, basta una devoción inicial, basta la admiración. Con más precisión: basta pedirlo, basta esa percepción embrionaria de lo que Él es que te lo hace suplicar, por la cual lo pides. 18
18 El atractivo de Jesús, op. cit., p. 38.
Fragmentos de don Luigi Giussani
sobre el encuentro de Jesús con los dos primeros discípulos