Entrevista al obispo John Olorunfemi Onaiyekan
Visto desde África
Por ello a los obispos de los países más pobres les ocurre que los fieles les hacen una pregunta ingenua y muy embarazosa, es decir, si es idéntica la Eucaristía celebrada en un país rico y la celebrada en un país del que se han llevado todo, porque ellos ven que la diferencia es inmensa
Entrevista al obispo John Olorunfemi Onaiyekan por Giovanni Cubeddu
Arzobispo de Abuja (Nigeria) y presidente del Secam, el simposio que reúne a las Conferencias Episcopales de África, John Olorunfemi Onaiyekan ha intervenido en el Sínodo como miembro de nombramiento pontificio

John Olorunfemi Onaiyekan, Arzobispo de Abuja (Nigeria)
JOHN OLORUNFEMI ONAIYEKAN: Ha sido el quinto Sínodo en el que he participado, y comienzo a comprender qué puede esperarse uno y que no se puede esperar.
Cada Sínodo refuerza la colegialidad de los obispos, ayuda a que nos sintamos hermanos, porque casi todos trabajamos en nuestras diócesis, pero no podemos ser conscientes a priori de que formamos un cuerpo solo y un alma sola, especialmente cuando la realidad de cada día no nos ayuda en ello.
El tema elegido ha sido de ayuda en este aspecto…
ONAIYEKAN: La Eucaristía no es un tema marginal y ni siquiera especial, sino el corazón de la Iglesia, y este Sínodo nos ha interpelado sobre el sentido de todo lo que hacemos, porque en la Eucaristía está Jesús, está la participación del pueblo alrededor del altar, está la Iglesia que se presenta ante su esposo, y está la familia humana, con la que hemos de compartir la bendición de Dios cuando comulgamos. Toda la vida de la Iglesia tiene que ver con la Eucaristía.
¿Ha notado diferencias de planteamiento entre los padres sinodales?
ONAIYEKAN: Durante las primeras dos semanas, como siempre, escuchamos la exposición de cada obispo, y casi todos tomaron la palabra o intervinieron in scriptis.
Luego, hablando entre nosotros, nos dimos cuenta de que si es verdad que compartimos la misma fe, la Eucaristía se celebra en situaciones muy distintas y a veces complejas. De este modo, en las aportaciones de los padres sinodales esta diversidad en la unidad fue algo implícito siempre presente. Entre nosotros hay quienes no saben cómo hacer que la gente acuda a la iglesia, otros que no tiene sitio para que quepan todos los que quieren entrar, e incluso sitios donde hay fieles esperando a un sacerdote… que no llegará nunca porque faltan las vocaciones. A veces saber que también los demás obispos tienen tus mismos problemas ayuda… Dejamos Roma más tranquilos, después de escuchar palabras inteligentes, prácticas, pastorales, para superar las dificultades.
Excelencia, ¿cuál de los temas del Sínodo colocaría en primer lugar?
ONAIYEKAN: Una cuestión teorética, dogmática: la presentación del misterio eucarístico de manera comprensible para el hombre contemporáneo. Los sacerdotes repetimos las fórmulas de la tradición, pero esto no significa que quienes todavía nos escuchan entiendan. Así que, lo que santo Tomás hizo en su tiempo –hacer comprender al hombre el misterio eucarístico– es nuestro trabajo de hoy. Para mí, que soy un obispo africano en tierras de misión, esto es un trabajo conocido, porque hemos tenido que traducir los conceptos teológicos a nuestras lenguas locales.
Usted desea introducir el tema de la inculturación…
ONAIYEKAN: La inculturación de la liturgia. La liturgia expresa la fe, pero lo hace según la cultura de las personas. Cuando expresamos la fe en la presencia real de Jesucristo, ¿cómo hacerlo? Para algunos es estar en pie, para otros de rodillas, algunos prefieren estar en silencio, o rodeados por una música de fondo, para otros es digna la música potente. Frente al Santísimo, podemos rezar firmes, compuestos. Pero si mi Dios está delante de mí, yo quiero poder manifestar mi gozo bailando con energía: esto hacen los fieles en África. Quien no lo entiende dirá: es que vosotros no comprendéis el sentido de lo sagrado…
¿Y qué piensa usted sobre ello?
ONAIYEKAN: Que se le dé confianza al Espíritu Santo que guía a la Iglesia, y que, si somos firmes en la misma fe, también hemos de tener el valor de dejar que el Espíritu inspire que esta fe pueda expresarse de formas diferentes.
Además, sabemos que al celebrar la Eucaristía estamos junto a los ángeles y a los santos, y proclamamos la alabanza a Dios delante de su trono, para todo el mundo. En la oración eucarística las necesidades del mundo se vuelven nuestras. Por ello a los obispos de los países más pobres les ocurre que los fieles les hacen una pregunta ingenua y muy embarazosa, es decir, si es idéntica la Eucaristía celebrada en un país rico y la celebrada en un país del que se han llevado todo, porque ellos ven que la diferencia es inmensa. ¿Quizá –se preguntan– tienen razón quienes dicen, fuera de la Iglesia, que es y será siempre así? ¿Por lo menos se advierte en la Iglesia esta desazón? El interrogante entró en el aula del Sínodo, aunque discretamente, y estoy seguro de que se retomará próximamente.
Pero son otros los debates sinodales sobre la Eucaristía que se han ganado la atención de los medios de comunicación.
ONAIYEKAN: Estamos acostumbrados a decir que hay pecadores que no han de acercarse a la Eucaristía. Y generalmente estos son, en Occidente, los divorciados que se han vuelto a casar y, en países de misión, los polígamos. Nos hemos preguntado si son estos los únicos pecados graves. El divorciado no puede recibir la comunión, pero el opresor, el explotador, el político responsable del sufrimiento y muerte de miles de personas, que viene a la iglesia con las manos unidas, o que quizá tiene una mujer pía, ¿recibe la comunión? Quien utiliza el poder público contra la libertad no puede recibir la Eucaristía… Pero es un tema arduo.
También la cuestión del sacerdocio para los casados ha sido importante.
ONAIYEKAN: Hay quienes dicen que si los jóvenes no vienen al seminario, entonces podemos ordenar sacerdotes a hombres casados. Pero no es este el problema: porque casados o no casados ¡buscamos personas que tengan fe! Fue útil escuchar la explicación de los padres sinodales de rito oriental que tienen experiencia en asunto de sacerdotes casados, y es muy interesante que nos pongan en guardia a la hora de intentar resolver el problema en Occidente simplemente ordenando a casados. Porque la cuestión es la de la fe. Si hemos de considerar la posibilidad de tener como alternativa un clero casado, que trabaje junto al clero no casado, hemos de prestar también atención a estudiar todas sus implicaciones, porque cambia también el modo en el que se organiza la Iglesia. Y de todos modos no considero que el celibato sacerdotal sea un problema teológico.
Digno de mención es que en el aula nunca oímos hablar de ordenación de mujeres, ni siquiera por parte de las mujeres asistentes, que tenían la posibilidad de expresarse.
Este ha sido el primer Sínodo del papa Benedicto…
ONAIYEKAN: Y me ha asombrado el estilo personal con el que el Santo Padre ha participado. La duración se redujo de cuatro a tres semanas –cosa que gustó mucho a los padres sinodales, que consideraban muy cansadas las cuatro semanas– y luego la hora de discusión libre le ha gustado realmente a todos, y también ha gustado mucho que él participara también como obispo entre obispos. Se dirigió a nosotros como teólogo, y fue bonito escucharlo porque la intervención no estaba preparada, era más bien una intervención para provocar un diálogo. O mejor, era un intento de clarificación: normalmente en un debate unos están contra otros, porque cada cual está tentado a enfatizar un aspecto olvidando la aportación del otro. Él, en cambio, consiguió poner en evidencia que sobre el tema todos teníamos razones…
¿Algo que le habría gustado escuchar más a menudo de los padres sinodales?
ONAIYEKAN: Quizá habríamos podido recordar mejor que la Eucaristía tendrá sólo sentido completo al final. Este mundo nuestro es provisional. En la Eucaristía rezamos siempre por quienes nos han precedido, los queridos difuntos, y por los santos, y esperamos para cuando nosotros también estemos con ellos. La Eucaristía nos hace gustar anticipadamente el banquete mesiánico, cuando comeremos felices junto a Jesucristo.