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EDITORIAL
Sacado del n. 11 - 2005

El primer año


¿Por qué eligió el nombre de Benedicto XVI? Inmediatamente se subrayó que, pocos días antes del Cónclave, había pronunciado en Subiaco un sentido elogio del Santo fundador de los benedictinos. Ahora ha querido significativamente dar a conocer un motivo añadido bien preciso, inspirado en Benedicto XV, quien definió valientemente la guerra como una «matanza inútil»


Giulio Andreotti


BENEDICTO XVI

BENEDICTO XVI

Antiguamente eran los mensajes navideños del Papa –recuerdo especialmente los que tan sentidamente pronunciaba Pío XII– los que llevaban al mundo reflexiones y aliento. Desde hace algún tiempo es la Jornada Mundial de la Paz la que le ofrece al Santo Padre la ocasión para expresar valoraciones y votos. Así que era obvio que había gran espera, dado que se trataba del primer Año Nuevo del actual Papa.
Creo que el texto confirma la tesis, enunciada con las mismas palabras por Pablo VI y Juan Pablo II, según la cual el Vicario de Cristo ha de expresar en su magisterio novedades en la continuidad. Esto es más factible ahora que tenemos como sucesor del papa Wojtyla a su “amigo de confianza Joseph Ratzinger”.
¿Por qué eligió el nombre de Benedicto XVI? Inmediatamente se subrayó que, pocos días antes del Cónclave, había pronunciado en Subiaco un sentido elogio del Santo fundador de los benedictinos. Ahora ha querido significativamente dar a conocer un motivo añadido bien preciso, inspirado en Benedicto XV, quien definió valientemente la guerra como una «matanza inútil».
La firme oposición de los Papas a las guerras (citaré también a Pío IX, quien rechazó la cobeligerancia contra Austria, que era condición para presidir la Confederación Itálica, que por lo menos en aquel momento habría salvado al Estado Pontificio) ha sido un motivo central de la moderna doctrina social cristiana. La guerra ha de hacerse contra el hambre, las injusticias, las discriminaciones. La paz, precisamente, es obra de justicia. Pío XII hizo todo lo posible para impedir que Italia entrara en guerra en 1940 yendo personalmente al Quirinal para dar solemnemente voz a esta aspiración de los italianos.
El nuevo Papa ha citado varias veces la constitución conciliar Gaudium et Spes, según la cual la paz es «convivencia de todos los ciudadanos en una sociedad gobernada por la justicia, en la cual se realiza en lo posible, además, el bien para cada uno de ellos».
Una alusión a las “reglas” (quizá inspirándose en la Convención de Ginebra, que trató de dar una normativa internacional humanitaria a los conflictos) pienso que da pie a la meditación y la búsqueda de impedimentos a los conflictos más que de parches. La Segunda Guerra Mundial vio nacer en ambos bandos la inesperada novedad de los bombardeos sobre las ciudades y otros objetivos civiles. Dejaban de existir los frentes de combate. La trágica novedad de los “niños mutilados” es el símbolo de esta perfidia homicida. No caben excusas a la hora de condenar este frente unificado de ofensas. Tendría que comprometerse el mundo de la cultura (el Papa hace referencia al derecho internacional humanitario) y la Organización de las Naciones Unidas, a la que tanta consideración se le dedica en este texto. En vez de concentrar los debates sobre la composición del Consejo de Seguridad habría que centrarse en modelos válidos para salvaguardar o recuperar la paz.
Pablo VI a orillas del Jordán, en Palestina, la Tierra de Jesús

Pablo VI a orillas del Jordán, en Palestina, la Tierra de Jesús

Puntual es la cita de un pasaje de Juan Pablo II: «Pretender imponer a otros con la violencia lo que se considera como la verdad, significa violar la dignidad del ser humano y, en definitiva, ultrajar a Dios, del cual es imagen».
Esta firmeza no le valió al difunto Pontífice benevolencia por parte de los poderosos y los prepotentes, pero «verbum Dei non est alligatum».
El mensaje, ejemplarmente breve, concluye con una nota positiva. Las cosas no van tan mal, después de todo, y el Papa subraya con placer algunas prometedoras señales en el camino de la construcción de la paz (como el descenso de conflictos armados) y como perspectiva de un futuro más sereno, especialmente para los pueblos martirizados de Palestina –la Tierra de Jesús– y los habitantes de algunas regiones de África y Asia «que esperan desde hace años una conclusión positiva de los procesos de pacificación y reconciliación emprendidos».
Hay en el texto una palabra que hoy está casi olvidada: el desarme, justamente invocado pero hasta ahora con escaso éxito. Recuerdo que hubo un momento de grandes esperanzas cuando, con Reagan y Gorbachov, se redujeron a la mitad los arsenales nucleares. Pero se trató de un breve arco iris en un cielo que pronto se volvió oscuro e ingrato.
Recemos a Dios para que el mensaje de 2007, segundo año del pontificado de Benedicto XVI, pueda mencionar otras señales positivas. Es muy hermosa la expresión «la verdad de la paz».



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