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MEDITACIÓN SOBRE LA...
Sacado del n. 11 - 2005

El bautismo, inicio de nuestra divinización por la gracia


Deberíamos tener el mismo don de la palabra que poseía nuestro santo predecesor Gregorio el Teólogo, quien en su homilía sobre la Santa Epifanía –insuperable tanto teológica como poéticamente– expresa de un modo incomparable la fe genuina de la Iglesia en el Santo Bautismo transmitida desde los tiempos antiguos


por Bartolomé I, patriarca ecuménico de Constantinopla


En estas páginas, los mosaicos de la primera mitad del siglo XI del monasterio de Hosios Loukas, Daphni, Grecia; el bautismo de Jesús

En estas páginas, los mosaicos de la primera mitad del siglo XI del monasterio de Hosios Loukas, Daphni, Grecia; el bautismo de Jesús

Deberíamos tener el mismo don de la palabra que poseía nuestro santo predecesor Gregorio el Teólogo, quien en su homilía sobre la Santa Epifanía –insuperable tanto teológica como poéticamente– expresa de un modo incomparable la fe genuina de la Iglesia en el santo bautismo transmitida desde los tiempos antiguos, y refiriéndose a la revelación del Dios Trinitario en el río Jordán ilustra con conmovedora magnificencia la grandeza del amor del Señor por los hombres, que con la santificación de los elementos materiales, como el agua, hace posible que nosotros, peregrinos en la tierra, participemos de la vida divina.
Son muchas las teofanías que –en sus distintas religiones míticas– ha conocido la humanidad desde los tiempos antiguos y revelan la profunda pero inextinguible sed del alma humana de llegar a la comunión con su Creador. La Iglesia, Cuerpo de Cristo, que vive el cumplimiento de las anticipaciones y de las visiones del Antiguo Testamento, a partir de la manifestación del Dios Trinitario en el río Jordán en el momento del bautismo de Jesús, no ha cesado nunca de vivir manifestaciones divinas de distinta intensidad, gracias a la condescendencia misericordiosa de Dios, amigo del hombre.
Desde el momento en que el Dios Logos «se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios», como decía Atanasio el Grande, ha revelado gradualmente el misterio de la divinización de los hombres, no por naturaleza sino por gracia, mediante la potencia increada del Espíritu Santo, y se ha dado a sí mismo a los fieles como ejemplo: «Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas» (1 P 2, 21).
Al recibir él mismo el bautismo en el Jordán, nos enseñó la necesidad del bautismo como sacramento fundamental e introductivo para la incorporación y el injerto de los fieles en el hermoso olivo de la Iglesia y, en el famoso diálogo nocturno con su discípulo Nicodemo, nos repitió que «el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3, 5). Del mismo modo cada uno de nosotros es purificado de manera misteriosa de la mancha de pecado y renace espiritualmente cuando recibe el bautismo, y desde ese momento tiene la posibilidad de participar dinámicamente en la vida de la Iglesia, donde viviendo en pureza de espíritu y de cuerpo puede experimentar ya ahora las manifestaciones divinas y la manifestación divina final de la que gozarán todos los que participen del Paraíso, según la expléndida descripción del evangelista Juan en su Apocalipsis (caps. 21. 22).
Cuando hablamos de manifestación divina no entendemos una condición elaborada por la fantasía, sino una participación total de toda la persona humana, cuerpo y alma, en los dones del Espíritu Santo. Puede suceder, en esta participación, que experimentemos sólo interiormente la presencia operante de Dios o puede suceder que vivamos también corporalmente un cambio que no puede describirse con palabras humanas. Así le sucedió al santo apóstol Pablo que fue el primero que vivió ese hecho (2Cor 12) y fue incapaz de describirlo, tratándose de una degustación de mínima intensidad del Paraíso.
Semejantes dones de gracia los han vivido muchísimos santos de la Iglesia, tanto antiguos como contemporáneos, que además no los buscaron, visto que la manifestación de Dios es un acontecimiento extraordinario, que solamente puede concebirse como don de Dios, y no puede ser el resultado de esfuerzos técnicos especiales que de algunas manera obliguen a Dios a revelarse a sí mismo.
la Natividad

la Natividad

Este tipo de visión y condición espiritual requiere una vida absolutamente evangélica, según las promesas pronunciadas en el momento de nuestro bautismo, cuando «hayamos renunciado a Satanás y estemos unidos a Cristo». Y visto que, de todos modos, «vivimos en la carne y habitamos en el mundo» y manchamos el cándido vestido del bautismo, ya sea a causa de la debilidad humana ya sea por la tentación del demonio, el Señor misericordioso nos ha donado el segundo bautismo, es decir, el del arrepentimiento y las lágrimas. Respecto al valor de este «segundo bautismo», san Gregorio de Nisa escribe que «también la lágrima que resbala tiene la misma fuerza del baño del bautismo, y un gemido de contrición devuelve la gracia que se había perdido por poco tiempo».
Con lo que aquí hemos dicho muy brevemente, hemos intentado mostrar la fe ininterrumpida que vive la Madre Santa, la Gran Iglesia de Cristo, respecto al significado de la manifestación de Dios, en primer lugar en el Jordán y luego en la vida diaria de los fieles. Nuestra descendencia de Adán, el progenitor caído, nos ha dejado en herencia muchas consecuencias negativas que nos obstaculizan en el camino para llegar a la visión directa del rostro de Dios. El Señor misericordioso, sin embargo, con su inefable encarnación y el conjunto de la divina economía, nos concede la posibilidad de despojarnos del viejo Adán corruptible y vestirnos en Él del nuevo, según el dicho paulino: «Todos los bautizados en Cristo nos hemos revestido de Cristo». Así canta la Iglesia en el día luminoso de la fiesta de la Epifanía, con el corazón alegre, esperando la renovación de este mundo corruptible en el momento de la segunda venida del Señor, que con la santificación de las aguas inaugura el regreso a la belleza primaria también de la creación misma, que sufre con nosotros hasta que Cristo sea todo en todos.


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